Octavio Fabela Ballinas falleció a los 55 años; durante más de tres décadas dejó su huella en el periodismo de Baja California y, sobre todo, en quienes tuvieron la fortuna de llamarlo amigo.
TIJUANA, Baja California, 7 de septiembre del 2026.- Hay noticias que uno quisiera no tener que escribir nunca. La noche del domingo 6 de septiembre murió Octavio Fabela Ballinas, “Rábano”, como cariñosamente lo conocieron sus amigos y compañeros del gremio periodístico de Baja California.
Tenía 55 años y, de acuerdo con testimonios de sus propios compañeros, habría fallecido a causa de un infarto. Esta vez no tocó cubrir una noticia, sino despedir a uno de los nuestros; a un periodista que hizo de Tijuana su casa y que durante más de tres décadas recorrió sus calles, oficinas y redacciones en busca de historias.
Octavio llegó a Tijuana a principios de los años noventa, procedente de la Ciudad de México, y aquí construyó una carrera que pasó por prácticamente todas las formas de hacer periodismo: prensa escrita, radio, televisión, medios digitales y redes sociales.
Fue reportero y analista en El Mexicano, El Sol de Tijuana, PSN y Uniradio, entre otros medios, y hasta sus últimos días formó parte de Esquina 32, donde ejercía como reportero y escribía la columna “Tiro de Esquina”. Cubrió principalmente las fuentes gubernamentales y políticas, aunque nunca perdió el interés por las causas sociales y por aquellas historias que daban rostro a quienes pocas veces tenían un espacio para ser escuchados.
Pero hablar de “Rábano” solamente desde su trayectoria periodística sería dejar fuera lo más importante. Octavio era un hombre amable, noble y cariñoso, aunque también, hay que decirlo, bastante regañón. Tenía una manera muy suya de decir las cosas de frente, de señalar cuando algo estaba mal y de insistir cuando creía que uno podía hacerlo mejor.
Y detrás de cada “Acalambrada”, estaba el cariño. Era generoso con sus compañeros, compartía información, consejos y experiencia, ayudaba a quienes comenzaban y nunca parecía medir demasiado lo que podía dar. En un gremio que puede ser duro y competitivo, él entendía que también había que cuidar a los compañeros y tenderles la mano.
Por eso su partida deja un vacío que va mucho más allá de una redacción. Faltará su voz en las conferencias, su comentario después de una entrevista, alguna ocurrencia en medio de la jornada y, por supuesto, ese regaño que con el tiempo terminaba convertido en anécdota. Tijuana seguirá produciendo noticias y habrá reporteros corriendo detrás de ellas, pero para muchos ya no será igual. Porque hay personas que, sin proponérselo, terminan formando parte del paisaje de una ciudad y de la memoria de quienes la cuentan. Octavio fue una de ellas.
Y quizá ese sea el verdadero legado de “Rábano”: no solamente las miles de líneas que escribió, las historias que contó o las fuentes que cubrió, sino las personas que ayudó, los amigos que hizo y las huellas que dejó en quienes compartieron con él este oficio. Se va el periodista. Se queda el amigo.
